Juan Matías Marhuenda evoca a sus 88 años la crudeza de la Guerra Civil en el frente de Guadalajara, donde combatió con el batallón Alicante Rojo.
El País/ARTURO RUIZ - Dénia - 08/02/2009
"Recuerdo aquel pueblo en un valle de Guadalajara, Gajanejos. Los bombardeos acabaron con él, lo redujeron a escombros y sólo quedó la pared calcinada de una iglesia y el púlpito convertido en un amasijo de hierros". Juan Matías Marhuenda Contrí (Orba, 1920) hace una pausa para sorber su café con lentitud y después continúa arrancándole a su memoria de 88 años más imágenes: la de aquellos milicianos jóvenes abatidos por la metralla que jamás regresaron, la de los Junker alemanes que atronaban en el cielo, la de las estepas yermas de Teruel y Guadalajara abrasadas por el frío, la de los soldados de Franco oteando desde la trinchera al otro lado del valle, la del hambre. Marhuenda le pone imagen hasta al hambre: "Pasamos mucha. Y usted no sabe lo que es morirse de hambre. Nadie puede saberlo ahora".
Con poco más de 16 años, participó en la Guerra Civil enrolado en el batallón republicano Alicante Rojo, del que hoy es de los últimos supervivientes: "Estaba un sargento, Antonio, al que nosotros llamábamos el sargento Toni, que vivía en Ondara, pero hace dos años que no lo veo; debo preguntar por él". El nombre de ese batallón de las Juventudes Socialistas ha sido ahora rescatado del olvido tras la decisión del Ayuntamiento de Benissa de localizar y rescatar los restos de diez milicianos de esa población que perecieron en una batalla contra las tropas italianas a finales de 1936, precisamente en Gajanejos. Marhuenda estuvo a punto de compartir esa muerte, pero el destino se opuso: "Yo también fui al bar de Gata donde ellos esperaban para ir al frente, pero entonces llegó mi madre llorando en un taxi y aunque me escondí en la leñera, al final me volví con ella a casa".
Su padre había muerto en 1935. La familia tenía dificultades económicas. Marhuenda se quedó en su hogar de Orba unos meses, pero deseaba luchar y a principios de 1937 se enroló en el batallón Álvarez Vayo y partió al frente de Teruel, donde comprobó los estragos de la aviación alemana. Meses después, un decreto que instaba a los hijos de las viudas a dejar el frente le obligó a regresar a Orba, pero allí duró poco: cuando un vecino del batallón Alicante Rojo terminó su permiso, Marhuenda se fue con él en secreto. Así, en diciembre de 1937 llegó a Guadalajara.
Allí combatió en Gajanejos: "Pasaba de un bando a otro, la conquistaban los fascistas, luego nosotros, luego otra vez ellos...". Allí oyó la triste historia de los diez milicianos de Benissa abatidos un año antes, vio el lugar donde hoy aún están sepultados y escuchó la epopeya del undécimo miliciano, que logró salvarse después de que los italianos, que aplastaron su cabeza a pedradas, le dieran por muerto. "Hasta hace pocos años aún le veía por los pueblos", afirma.
En Guadalajara soportó el frío de las guardias nocturnas, se alborozó con la reconquista republicana de Teruel -"donde por las calles volaban los billetes que había dejado el ejército de Franco al retirarse"-, integró un grupo de minas que tenía como objeto volar tanques y acabó enfermo en un hospital donde le sorprendió el fin de la guerra. "Destruimos nuestros documentos políticos y aún salían cenizas por las ventanas cuando entraron los fascistas y los guardias civiles". Uno de estos últimos era un antiguo sargento republicano que "supo cambiarse a tiempo de bando".
Después, la prisión. Detenido en Orba, viajó de Dénia a Riba-roja en un tren de ganado "que apestaba a estiércol", marchó a pie de Llíria a Bétera bajo un calor terrible con los pies plagados de ampollas y acabó encarcelado en un antiguo sanatorio de Portaceli. "Nos esquilaron como ovejas y nos lo robaron todo". Un trato cruel: "Cuando desde casa nos mandaban paquetes de comida, los abrían delante de nosotros y luego los quemaban porque nos decían que allí no se pasaba hambre. Y apenas nos daban caldo con aceite de rancho, algún garbanzo y una hoja de remolacha, así que era terrible reconocer el olor de la sobrasada entre las cenizas".
Liberado por un jefe de la Falange de Orba, pagó caro su pasado miliciano: "Tres alcaldes nos obligaron a realizar trabajos forzados hasta acabar agotados". Durante las siguientes décadas, hizo de todo: fue hojalatero, abrió un taller de bicicletas y un bar. Hoy es un apasionado de los Volkswagen escarabajo (tiene 4 y participa en encuentros por toda España conduciendo él mismo durante kilómetros) y en el pueblo le quieren: "Los descendientes de aquellos que tanta manía me tenían por rojo me respetan". Por eso, Marhuenda transmite la vitalidad de quien ha sobrevivido a la crueldad de los hombres: "A mis 88 años, jamás pienso en la muerte. Pienso que voy a vivir siempre. Siempre".
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Memoria de un Miliciano
Posted by : SaiZa on lunes, 9 de febrero de 2009 | Etiquetas: Benissa, Guadalajara, Guerra Civil, Memoria | 4 Comments
Cartas desde el Batallón Rojo
Cartas desde el Batallón Rojo
Benissa reclama los restos de los republicanos caídos en Guadalajara
ARTURO RUIZ - Dénia - 05/01/2009 /El País
Ésta es una historia de nombres enterrados por el tiempo y por la guerra. Julio Cabrera, Vicente Crespo, Juan Ivars Torreta, José Ivars, Vicente Frau... Quiénes eran, dónde nacieron, a qué se dedicaban sus padres, por qué quisieron ir a una guerra, por qué muchos no tienen lápidas sobre sus tumbas, son preguntas sencillas, pero de respuesta trascendente: salvan a esos nombres del olvido. Para rescatar su memoria, el Ayuntamiento de Benissa ha iniciado gestiones para exhumar los cuerpos de 10 vecinos republicanos caídos en Guadalajara y enterrados en una fosa común. De la memoria de aquellos días, además, deja constancia el cronista oficial de la población, Joan Josep Cardona.
Tres de diciembre de 1936, seis de la madrugada. Frente de Guadalajara, entre Jadraque y Miralrío, sector del Palacio de Ibarra. Hace mucho frío, está a punto de nevar. El frente, tranquilo durante los últimos días, se convierte de pronto en un infierno: tropas franquistas, requetés y soldados navarros atacan con metralla una posición republicana mal defendida. Pertenecen al Batallón Alicante Rojo y son de Benissa. Uno de ellos, Julio Cabrera, al ver caer herido a un compañero, abandona la protección de su parapeto para socorrerle y muere de un tiro.
Tres días antes, el 30 de noviembre, en la retaguardia del cuartel de Alcalá de Henares, Cabrera había escrito una carta a sus padres para asegurarles que se encontraba bien. La carta da otros detalles: "Cuando nos dan permiso nos vamos a un casino donde hay piano y yo toco y los compañeros de Pego me convidan a café". Este fragmento no sólo revela que a Julio Cabrera le gustaba la música, sino que estaba rodeado de gentes de pueblos muy cercanos al suyo. O sea, las gentes que formaban el Batallón Alicante Rojo.
Aquella unidad había sido compuesta tres meses antes, en septiembre de 1936, por la UGT y las Juventudes Socialistas con voluntarios que habían acudido a la llamada de la lucha contra el ejército golpista de Franco desde Pego, Calp, Benidorm, Finestrat, Sella, Relleu, Aspe, Monóvar, Elda, La Vila Joiosa o Benissa. Se concentraron en Alicante el 26 de septiembre y desde allí se desplazaron hasta Alcalá de Henares, donde recibieron una instrucción muy deficiente, basada en simulacros y sin disparar ni un solo tiro. En su carta, Cabrera lo describía de un modo un tanto poético: "Anoche hicimos guardia de once a una Francisquet de Ventura y yo. Es una cosa fantástica pasearse de noche con un fusil a la luz de la luna y en el gran silencio que reina nada más se oye que el murmullo del río".
A la espera de la batalla, Cabrera tranquiliza a su madre, como hacen todos los soldados que han participado en todas las guerras, asegurándole que come bien y que ha engordado. Y da fe de otros descubrimientos que invitan al optimismo: "Quisiera que vieras a los valientes aviadores rusos las pruebas que hacen con los aparatos. Tienen unos trimotores tremendísimos y el otro día vino a visitarnos un coronel ruso". Unas 72 horas después, el ataque fascista acabó con Julio Cabrera y otros muchos camaradas, nueve de ellos también de Benissa. Aquí debería acabar esta historia. Pero un soldado no murió. El soldado al que Cabrera intentó ayudar. Se llamaba Francisco Ronda. Sus vivencias, recogidas por Cardona, facilitan más respuestas contra el olvido.
Testimonio de un superviviente
Cuando los fascistas asaltaron la trinchera, nadie del Alicante Rojo parecía quedar vivo. Pero Ronda lo estaba. Según describe Cardona, "con el pie destrozado por una bomba, logró arrastrarse hasta ocultarse en unos matorrales mientras perdía la mayor parte de su vestimenta. Comenzó a nevar. La pérdida de sangre le originó insufrible sed. Tuvo que beber su propia orina y chupó hojas de las encinas. Allí acurrucado, sólo pensaba en la muerte hasta que ya por la noche oyó acercarse a un grupo de soldados. Desconocía a qué bando pertenecían, pero de pronto escuchó un apellido conocido, un tal Soliveres de Calp. Entonces pidió ayuda. Era un destacamento republicano que venía a recoger a muertos y heridos. Tras una cura de urgencia, Ronda fue trasladado al hospital de Guadalajara".
Mientras desde Benissa llegaban familiares para interesarse por el destino de sus hijos y trasladar a los heridos, Cabrera y sus 9 camaradas fueron enterrados el 4 de diciembre en un rincón del cementerio de Miralrío, envueltos en mantas en una fosa común. Ahora, la Ley de la Memoria Histórica ha permitido al Ayuntamiento pedir su exhumación para traerlos de vuelta a casa. Una forma de que ningún nombre se pierda.
Posted by : SaiZa on viernes, 9 de enero de 2009 | Etiquetas: Benissa, Guerra Civil, Memoria Historica | 7 Comments




